Tesoros guardados


Escrito por Damaris Zamora Escanell. Un vistazo añejo a mis imágenes de estudiante me hace recordar muchas vivencias buenas. Cuando una es alumna tiene profesores y profesoras que recuerda más que a otros con el paso de los años.

Es extraño ver un maestro de primer grado. Y yo lo tuve. Fue excepcional, no solo porque me enseñó a leer y a escribir, sino porque cada mañana, se hacía el que no veía cuando me insertaba en el aula escurridiza y tardíamente.

Luego, al cabo de mucho rato, él me tomaba de la mano y me sentaba al frente del aula a “dar clases con él” y de paso, agachaba disimuladamente la cabeza y me preguntaba -en perfecta complicidad- por qué había llegado después que todo el mundo. Yo le decía bajito que a mi mamá le había cogido tarde para ir a buscar la leche.

Al cabo de los años, me di cuenta que de las tantas veces que le dije lo mismo, no me llegó a creer ninguna, pero lo disimulaba tanto que yo pensaba que juzgaba bien mis argumentos. Aspecto que seguramente no le importaba mucho, si lo comparaba con la gratitud de escucharme, cuando le recitaba de carretillas, un montón de capitales de países, enseñadas por mi papá.

Ese mismo maestro nos dejaba salir en el receso al aula de preescolar para ver el ensayo de la banda a la que ya no pertenecíamos y conocía al detalle cómo se llamaban los padres y las madres de todos los alumnos, a quién le gustaba o no los mantecados de la merienda, o quién había ido al cine o al nuevo Coppelia durante el fin de semana.

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Pedro, así se llamaba mi maestro de primer grado. Uno de mis tesoros. No creo que  hubiera sido la única alumna que lo quería. Muchos lo recibían y despedían de las clases con un abrazo en las rodillas, porque era alto y flaco. Un poco después, cuando sus alumnos cursábamos el sexto grado, la noticia de su desaparición física, por un accidente, nos dejó sin resuellos.

Sin embargo, quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos  recordamos más  cómo nos educó que  las reglas que tuvo en su didáctica. Aunque a decir verdad, las palabras mamá y papá tienen algo todavía de Pedro Moya

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