#TenemosMemoria ¡Yo soy el Maestro!


 ¡Yo soy el Maestro!

Por Esther de la Cruz Castillejo. Mi hijo tiene ocho años, va todos los días a la escuela con cierta dosis de disciplina y algún que otro «hoy no quiero», tajante y categórico.

Él no tiene certeza todavía de quién fue Manuel Ascunce, de la batalla descomunal de este país y su gente por la alfabetización apenas triunfada la Revolución de los humildes y, aunque ha escuchado alguna que otra referencia del tema, escapa a su edad la dimensión mayúscula del dolor y la sangre que ha costado la libertad a los nacidos en  este país bendito.

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Yo lo miro jugar, correr y pienso también un poco en eso: en las madres que perdieron a sus muchachos ahorcados, masacrados, acribillados por las bandas de alzados y el odio visceral a la Cuba nueva en aquellos días de la Campaña de Alfabetización.

Pienso igual en tanta vida trunca y una voz todavía parece que se alza de entre tanto dolor y dice: ¡Yo soy el maestro!

Y es que Manolito era casi un niño cuando lo mataron en la zona de Limones Cantero, municipio de Trinidad, al centro de Cuba.

Aquel día, cuando lo encontraron ahorcado en un árbol en medio del monte, junto al cadáver de Pedro Lantigua, su alumno campesino, contaron en su cuerpo 14 heridas punzantes, de distintos grados de profundidad, lo ahorcaron ya moribundo, tenía muestras de magulladuras también en sus genitales y un profundo surco en el cuello.

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Dicen que doña Mariana, la esposa de Pedro, se quedó con la colada de café de la tarde a medio servir cuando se presentaron los alzados de Julio Emilio Carretero a buscar a su esposo y se llevaron igual al valeroso maestro. Fue una muerte brutal tras una vida apacible y comprometida.

Mi hijo corre, lo hace todavía y otra vez se mortifica porque es jueves aún y hay que ir otra vez a la escuela y yo lo miro, sonrío y pienso en ese afortunado arrebato mañanero y la entrega de años que hay detrás.

Pienso en Manolito, el muchacho sacrificado que pudo ser más y quedó  trunco en el minuto mismo en el que le gritó a los alzados aquel 26 de noviembre: ¡Yo soy el Maestro!

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