Pensar en el maestro todos los días


Por Ángel Freddy Pérez Cabrera

Imposible hablar de Simón Bolívar, sin pensar en la influencia que sobre él tuvo su tutor y mentor Simón Rodríguez, de quien diría el Libertador de América ―en carta al general San­tander― que su maestro “enseñaba divirtiendo”.

Gracias a esa preponderancia, nació en gran medida el ideal independentista de Bolívar, una clara materialización de aquella brillante profecía de Rodríguez, quien dijo que: “Instruir no es educar. Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, tendrán quien haga”. Y Bolívar hizo mucho por la América hispana.

Más, si rebuscamos en la historia, resalta el papel desempeñado por Rafael María de Mendive en la formación del Apóstol de la independencia cubana, José Martí, quien en bellas palabras resumió en el periódico El Porvenir, de Nueva York, lo que para él había sido su maestro:

“Prefiero recordarlo a solas, en los largos paseos del colgadizo, cuando, callada la casa, de la luz de la noche y el ruido de las hojas fabricaba su verso; o cuando, hablando de los que cayeron en el cadalso cubano, se alzaba airado del sillón, y le temblaba la barba”.

Poco antes de su destierro a España en 1871, José Martí le escribió una conmovedora carta, en la que le decía: “De aquí a dos horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, solo a Ud. lo debo y de Ud. y solo de Ud. es cuanto bueno y cariñoso tengo”.

También, al recordar al joven más querido e intrépido de la Generación del Centenario, Abel Santamaría, no debe olvidarse a Eusebio Lima Recio, su formador en el antiguo central Constancia, o la maestra Matilde Borroto, la misma que había enseñado a otro grande de la historia de Encrucijada y de Cuba, Jesús Menéndez Larrondo, quien ante la insistencia del niño de apenas seis años por asistir a sus clases, fue capaz de ofrecerle lo único que podía, un lugar en el piso, porque ya no le alcanzaban los pupitres en el aula de primer grado.

Traigo a colación estos ejemplos, que no son los únicos, para resaltar lo que significa en la vida de cualquier persona la posibilidad de tener un buen maestro, ese que junto a la familia y la sociedad en su conjunto, forma, educa y cultiva el carácter y los valores, que si están bien afincados, rara vez lograremos desprendernos de ellos.

Por razones harto conocidas, en lo fundamental de índole económica; además de la aplicación en algunos momentos de políticas fallidas, hoy la educación cubana, a pesar de continuar siendo de referencia universal, transita por una etapa diferente a años anteriores.
El éxodo de docentes, que en algunas provincias se torna preocupante, más la apatía de muchos jóvenes hacia las carreras pedagógicas, entre otros fenómenos nocivos, obliga a repensar cuánto se ha hecho y lo mucho que falta por hacer para devolver el reconocimiento social que siempre distinguió al magisterio cubano.

Nada hay más importante que un maestro. Sin él no pueden existir ingenieros, técnicos, doctores ni ningún otro especialista. Por eso, en ellos, que lo merecen todo, hay que pensar todos los días, con acciones concretas, desde el barrio, la comunidad, la cuadra, las instituciones cercanas a la escuela, y fundamentalmente, los encargados de dictar las políticas que pueden favorecer las condiciones de vida y trabajo de los educadores.

En ideas como esas ha insistido la Ministra de Educación durante sus recientes recorridos por las provincias. Corres­ponde ahora a los gobiernos municipales y provinciales concretar con hechos esas indicaciones.

Para ello, no son necesarios muchos recursos; solo basta pensar un poquito más en esa persona que pasa la mayor parte del día educando y formando a nuestros hijos, que no tiene mucho tiempo para asistir al mercado, a quien también se le rompen los equipos eléctricos, que no puede hacer la cola para la reservación del campismo, y que por demás, no tiene alma de merolico ni de revendedor porque ha transitado su vida frente al pizarrón transmitiendo valores y conocimientos.

Ideas para mejorar su calidad de vida y de trabajo, para brindarles el reconocimiento que merecen, puede haber muchas. Mientras el país no esté en condiciones de incrementar el salario de uno de los sectores que más se lo ha ganado en nuestra sociedad, urge preocuparse por ellos todos los días, no solo el 22 de diciembre, como casi siempre ocurre. Lo que hoy no se haga por los maestros, mañana será demasiado tarde.

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